Era una noche de primavera como otra cualquiera, la luna brillaba esplendida en el cielo y la brisa fresca rozaba las flores como una caricia.
Hoy el emperador había organizado una fiesta en palacio, y las geishas más hermosas del reino habían sido invitadas. Una de ellas se asomaba a la ventana y dejaba que la suave brisa rozara su piel, el emperador quedó absorto en su belleza y le pregunto:
-Querida flor de primavera, ¿como os llamáis?
- Majestad mi nombre es Ayame.
-Y dime Ayame, ¿cual es vuestro fuerte?, quizás ¿el baile?
- No mi señor, la oratoria es mi don.
- Pues deleitarnos con un cuento.
Ayame miró al emperador con rubor y se dispuso a contarles un pequeño cuento:
- Hace muchos muchos años iban dos monjes por un camino, Tamaki y Ekido, viajaban juntos por un camino embarrado. Llovía a cántaros y sin parar. Al llegar a un cruce se encontraron con una preciosa muchacha de ojos oscuros y piel clara, vestida con un kimono y un ceñido obi, incapaz de vadear el camino por el barro.
-Vamos, muchacha -le dijo Tamaki sin más. Y, levantándola en sus brazos sobre el barro, la pasó al otro lado.
Ekido no dijo ni una sola palabra, hasta que, ya de noche, llegaron al monasterio. Entonces no pudo resistir más.
- Los monjes como nosotros -le dijo a Tamaki- no deben acercarse a las mujeres, sobre todo si son tan bellas jovencitas. Es peligroso. ¿Por qué lo hiciste?
- Querido Ekido, yo la dejé allí en el camino - contesto Tamaki- ¿Es que acaso tú todavía la llevas?
El emperador quedo tan contento con el cuento que le contó Ayame que la invito a ir a palacio todas las noches que quisiera.

No hay comentarios:
Publicar un comentario