Finalmente había llegado el momento. La joven Yukiko iba a hacer por fin su debut como
aprendiza de geisha.
Había muchos preparativos que hacer.
El primer paso era hacerse el peinado característico de las aprendizas de geisha. En el barrio
de Gion, en aquella época, había bastantes peluquerías. La de Mika, la hermana mayor
de Yukiko, estaba en una sala terriblemente abarrotada encima de un restaurante típico
donde se come anguila. Cuando llegaron a la peluquería, Yukiko tuvo que estar esperando
casi dos horas a que le tocara su turno en una pequeña sala, con otras seis geishas, todas
arrodilladas en el suelo. Conforme pasaba el tiempo, y llegaban más mujeres, comenzó a
formarse cola incluso fuera del local.
Por desgracia, no era una espera agradable, cómoda o amena. En este tipo de peluquerías,
el olor a pelo sucio solía ser abrumador. Los elaborados peinados que las geishas solían
llevar requerían pasara varias horas en la peluquería, y mucho esfuerzo por parte del peluquero
por ser peinados elaborados, por lo que resultaban tan caros que nadie iba a la
peluquería más de una vez a la semana. Una semana, en la que las aprendices y las geishas,
no se lavaban el pelo.
Cuando por fin llegó el turno de Yukiko, lo primero que hizo el peluquero fue ponerle la
cabeza sobre un gran barreño. Luego, vertió sobre la cabeza de la aprendiz un cubo de agua
tibia y empezó a frotarla enérgicamente con jabón. Después, procedió a desenredarle el
pelo con un peine de madera, para luego, untar el pelo con aceite de camelia, lo cual le
daba un bonito brillo, y después, aplicar cera. Yukiko ya tenía el cuero cabelludo dolorido
por los tirones, y mientras aguantaba, solo esperaba que las historias que le habían contado,
de geishas que terminaban con calvas por culpa de tantos tirones, no fueran ciertas.
Aun quedaba el último paso, la elaboración propia del peinado. El peinado que le estaban
haciendo, llevaba un trozo de tela visible en el moño, que en el caso de las aprendices, era
siempre de color rojo. Yukiko se los colocaría en el peinado los distintos adornos cuando
fuera a trabajar.
Con estos peinados, las geishas, además de no poder lavarse el pelo con normalidad, tampoco
podían dormir con normalidad, ya que, chafarían el peinado deformándolo todo. Para
evitar esto, se solían usar un tipo de almohada especial, más parecidas a pequeños pedestales,
llamados takamakura, donde las geishas colocaban la nuca.
Con el peinado listo, a Yukiko le tocaba prepararse para llevar el atuendo completo de las
aprendizas de geisha. Para practicar, le hicieron llevar el vestuario completo en la okiya,
para acostumbrarse. Al principio apenas podía andar y le asustaba caerse. La vestimenta de
las jóvenes es mucho más ornamentada que la de las geishas mayores, lo que significa que
los kimonos son de colores más vivos, con tejidos más llamativos y además el obi más largo.
Una geisha madura llevará el obi atado en un «nudo tambor», muy simple y recogido,
el cual no requiere gran cantidad de tela. Pero una geisha más joven, una aprendiz, lleva el
obi atado de una forma más llamativa. Un darai obi u obi colgante, que es el más espectacular
de todos. Va atado a la altura de las paletillas, y oprimiendo el pecho, para darle a la
joven un aspecto más infantil, chafándole el pecho, y los extremos caen casi hasta el suelo.
Independientemente de que el color del kimono sea vivo o apagado, el obi es siempre de
brillantes colores. Si camináramos detrás de una aprendiza, lo primero en lo que nos fijaríamos
seria en el colorido obi que le cuelga hasta el suelo, dejando ver sólo un trozo de kimono
en los hombros y en los coswtados.
Para conseguir este efecto el obi ha de ser tan largo que llegue de un lado al otro de la habitación.
Pero no es su longitud lo que lo hace difícil de llevar, si no su peso, pues casi siempre
suele ser de un denso brocado de seda. Para empeorar aún más las cosas, el propio kimono
pesa también mucho y tiene unas mangas muy largas y voluminosas. Si una aprendiz pusiera
los brazos en cruz, la tela de debajo de los brazos caería hacia abajo, formando algo
parecido a una bolsa. A esto se le llama furí. Las mangas pueden arrastrar fácilmente por el
suelo si no se tiene cuidado.
Finalmente, al atuendo hay que añadirle el calzado. Los altos okobo lacados en negro, que
se estrechaban como una cuña, de modo que la punta tiene la mitad de ancho que el tacón,
lo que se suponía los hacía más elegantes, no hacían más que añadir dificultad a la tarea de
llevar todo el atuendo. La joven Yukiko tardo varios días en acostumbrarse a caminar correctamente,
ya que, además del peso de toda la tela, el kimono no permite andar con normalidad.
Había que dar pasitos cortos, no se podían dar grandes zancadas, ni siquiera pasos
normales, ya que la envoltura de sedano permitía movimientos más amplios, y a Yukiko le
parecía muy difícil caminar delicadamente con ese calzado.
Y por fin, tras muchos preparativos, llego el día de la ceremonia que uniría a Yukiko
y Mika como hermanas. Solo faltaba el maquillaje, y los adornos de l pelo.
Labios rojos como una flor, que destacaban en una cara completamente blanca, salvo por un
ligero tono rosado en las mejillas. El cabello estabaadornado con flores de seda y ramitas de
arroz si descascarillar. El kimono era formal, de color negro, como correspondía a la ocasión,
con una cenefa de aguas plateadas y grullas en el bajo.
Mika y Yukiko, salieron de la okiya y se pusieron en camino hacia la casa de té. La ceremonia,
que no duro más de diez minutos, acudió la dueña de la casa de té también. El ritual era
simple. Se servían una serie de copas con sake, y Yukiko y Mika debían beber de ellas. Después,
la ceremonia se daba por terminada.
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